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miércoles, 18 de julio de 2012

El Pelu se ha roto una pata



El Pelu ha vuelto a romperse el fémur. No sabemos cómo ha sido, pero notábamos que lloraba mucho, cojeaba más de lo normal y cuando quería rascarse con la pata derecha se gruñía a sí mismo y maullaba. Esta vez lo llevamos enseguida al veterinario, y no hubo que anestesiarlo para hacerle la radiografía, se quedó muy quietecito.

Radiografía del Pelu. 4/7/12

Según Lola, la veterinaria, el fémur se había soldado solo, pero por alguna trastada que habría hecho, se le ha vuelto a romper. Además, se puede apreciar que en el rabo hay una lesión, probablemente herencia de algún antepasado siamés.

En la radiografía anterior, del 2009, un mes después de la fractura, se ve que la cabeza del fémur ya había empezado a soldarse y a formar un "callo". Así ha aguantado tres años, saltando, trepando a los árboles, cazando y pegando carreras por el campo, sin ningún problema. 


Así que la veterinaria le pinchó un antiinflamatorio y un analgésico, y nos dijo que tenía hacer reposo. ¿El Pelu? ¿Reposo? Son dos conceptos que no se pueden ver juntos. El máximo reposo al que le pudimos obligar fue encerrándolo en casa, por donde seguía trotando, jugando y enredando, hasta que se aburría y por lo menos se echaba a dormir un rato.

A los 15 días volvimos para que lo viera, y cuando le dijimos que seguía tan activo como siempre y que ya no se quejaba, se descartó la posibilidad de operarlo y ponerle una prótesis, sobre todo, porque el pos-operatorio iba a ser muy complicado, ya que probablemente no fuéramos capaces de obligarlo a mantener el reposo sin causarle un gran estrés.




viernes, 13 de julio de 2012

Pirri, con gingivitis

El pobre Pi ha estado malito otra vez. Llevaba unos días asustadizo, que no pedía de comer, y apenas entraba en casa. Pero anoche intentó comer pienso y pegó un salto enorme, tirando todo el cuenco por la cocina. Le seguí y le puse lata de la que quedaba del Gatuchi, y se la comió con mucha hambre. El decir que se la comió ya quería decir que tenía mucha hambre, porque nunca le ha gustado.

Así que hoy lo hemos llevado temprano al veterinario. Lo han anestesiado para poderle mirar la boca, y hemos visto que apenas le quedan muelas, y la encía está fatal, retraída casi medio centímetro de los colmillos. En cuanto Jorge, el vet, se las tocó, el Pi le pegó un mordisco (anestesiado y todo) y le empezaron a sangrar. Así que decidieron que había que hacerle una limpieza bucal (como los dentistas) y pincharle antibióticos y analgésicos para que pudiera volver a comer. 

Me puse la bata de prácticas para poder ayudar a Lola, la veterinaria, mientras ella iba preparando la máquina del isofluorano para anestesiarlo un poco más, y el aparatito de ultrasonidos de dentista con el que le iba a limpiar los dientes.

Había que intubarlo, porque el aparato suelta agua, y podría aspirar algo. Pero en cuanto le infló el balón, dejó de respirar. Con un fonendo comprobó que le corazón seguía latiendo, así que le desinfló el baloncillo a ver si volvía a respirar. Mientras tanto, Jorge entró y empezó a reanimarlo, apretándole el pecho para estimular que volviera a respirar. El Pi hacía un par de inspiraciones pero luego volvía a dejar de respirar. Después de unas cuantoas veces, ya empezó a respirar solito. Pero Lola no quiso volver a intubarlo. Decía que era muy normal que les pasara eso a los gatos, pero que no lo iba a volver a intentar.

Así que la solución fue poner el limpiador al mínimo y meterle una gasa en la boca para absorber el agua (y la sangre) que pudiera caer. Yo sujetaba la cabeza del Pi y le retraía el labio con un palito que me dio Lola para eso, mientras controlaba la respiración con la mano sobre su costado.

Después de un rato, y del susto, acabamos. como no se deja dar pastillas, quedamos en que al día siguiente habría que traerlo para darle un chute de antibiótico. Mientras, el Pi no quería despertarse. De vez en cuando hacía el intento de moverse, pero luego seguí durmiendo, tan a gusto. Me dijo Jorge que la postura en la que mejor respiraban los gatos, los humanos, y los animales en general, es de costado, así que lo mantuve en postura de "seguridad". Lo arropamos con su toalla y una manta que me dejó Lola, ya que la anestesia baja mucho la temperatura. Al rato la comprobamos y estaba en 34ºC, cuando lo normal en un gato son 38ºC. Se le notaban las orejas y las patitas frías, y la nariz muy blanquita. Tenía el reflejo parpebral (el del párpado, cuando le tocas cerca del ojo) y a veces movía una pata como para recolocarse. Nos fuimos después de dos horas esperando a que se despertara, y en el camino ya empezó a maullar. Luego por la tarde lo sacamos del transportín y lo vigilamos. Como lo único que hacía era tumbarse a dormir (primero, al sol, y luego a la sombrita), lo dejé y salía cada 10-15 minutos a vigilarlo. Cada vez que salía estaba durmiendo en un sitio distinto. Pero al caer la noche ya no se tambaleaba al andar y se veía más despierto.

Al día siguiente, ya pudo comer pienso sin problemas. ¡Y no quiso volver a oír hablar de la lata (a pesar de que llevaba 24h sin comer)!


domingo, 6 de febrero de 2011

El Gordito


-Hazte a la idea -me dijo mi padre anoche cuando me recogió en la estación de tren de Sevilla- de que al Gordito le queda poco. Lleva toda la semana con ataques; ya ni puede andar, ni quiere comer. 
-¿Por qué no me lo habéis dicho? -yo estaba más triste que enfadada. 
-Estabas de éxamenes...

Cuando llegué a mi casa, lo primero que hice fue entrar en el lavadero a verlo. Estaba echado en su camita, tapadito con una tela que reconocí como un trozo de una bata que había sido mía, desmadejado como un muñeco viejo que alguien hubiera perdido. Estaba en los huesos, mucho más delgado que la última vez que lo había visto, en Navidades; había perdido todo lo que había recuperado desde el verano, después de que le diagnosticaran una afección de los riñones irrecuperable. Desde entonces ha estado con medicación diaria y dieta especial, con lo que recuperó algo de peso y la frecuencia de los ataques y desmayos bajó bastante. La veterinaria, cada vez que íbamos a por una caja nueva de Ipakitine, se sorprendía de que aún estuviera vivo; los niveles de creatinina de los análisis eran como para que le quedara una semana de vida.

Pero esta semana había empeorado de gople. Dicen que los animales presienten cuando les va a llegar el momento, y recordé a la Olivita antes de su operación. Estuve acariciándolo mientras se agitaba y maullaba débilmente, quizás ya agonizando. 

Toda la noche estuve soñando con gatos. Con mis gatos. 

A la mañana siguiente, mi madre vino a despertarme. 

-El Gordito... -en ese momento supe lo que seguía, pero aun así esperé a que terminara de hablar- parece que ha esperado a que vinieras para morirse. Esta mañana me lo he encontrado, y ya estaba frío.